En estos días que corren entre mercenarios, apóstatas y mesías de un día, o máximo dos, nos llega de vez en cuando un bálsamo que nos recuerda porqué, a pesar de todo, nos gusta tanto ese deporte de 22 tipos corriendo en pantalón corto detrás de un balón.
Getafe 3- Bayern 3. Marcador final e imposible para quien, faltando cinco minutos para el final de la prórroga de los cuartos de final de la copa de la UEFA, se levantó de su sillón a celebrar la clasificación del pequeño Geta que en ese momento ganaba 3-1. ¡Y con un hombre menos!
Pero al final la eliminación, porque muchas veces las grandes historias comienzan con grandes derrotas. Y la del Getafe, ese equipo hecho con jugadores prestados, empezó en su estadio, bajo lágrimas y, probablemente, el abrazo sincero del viejo Oliver Kahn y sus secuaces.
Podría recordarlo en distintos momentos de mi vida, pero al final, para mí Norman Mailer es un colchón mullido en el suelo de una habitación infestada de humedad en una noche perdida del barrio de Moratalaz.
También podría ser una sala de aprendices de Norman Mailer en Bogotá, o un Ali Bumaye en ojos de Spike Lee; pero por alguna extraña razón prefiero reconfortarme con el recuerdo amargo pero tremendamente pletórico de ese triste cuarto.
Talvez porque solemos guardar un cariño especial a todo lo que nos sirve de refugio ocasional cuando las cosas van mal. Y en aquellos días las cosas iban realmente mal.
Existe un país entero que cabe en 730 palabras. Yo no lo sabía, ni siquiera lo imaginé esa tarde perdida y lluviosa de septiembre (¿o quizás abril?) hundido, casi adormecido, en una butaca de la Biblioteca Nacional de Bogotá, ese edificio imponente que dormita entre urapanes tristes, casi escondido junto al Parque de la Independencia.
Resguardado de esa eterna llovizna bogotana, vi por primera vez a Álvaro Mutis abrir su libro al azar y leer el poema titulado “Una calle de Córdoba”. Tuvieron que pasar casi 10 años para que me diera cuenta que esa fue la primera vez que quise conocer España.
El único día en el que mi madre se rindió (o fingió rendirse) fue cuando se convenció (o me hizo creer) que mi tozudez era definitivamente irremediable. Hacia poco había muerto mi padre y yo entraba con los dos pies a una adolescencia espantosa llena de desafíos a la autoridad materna y la incomprensión propia de una etapa en la que el mundo nos cabe en la palma de la mano, pero nosotros no nos ajustamos a ese mundo tan provincial, arcaico y, sobretodo, escaso de fondos.
Ese día, después de otra jornada de batalla campal entre los focos guerrilleros de mi adolescencia y su autoridad, mi madre dio su brazo a torcer y decidió, o fingió rendirse, que lo mejor era asignarme un “sueldo” mensual y que yo me buscara la vida. Así, superando las discusiones monetarias, mi pequeño plan adolescente-independentista-separatista se había apuntado un triunfo histórico (y a la larga pírrico).
1. “Para garantizar una buena compra, es preciso dedicar algún tiempo a visitar varias tiendas y comparar precios y calidades”.
Manual del comprador de alfombras
Lonely Planet
“Estambul y lo mejor de Turquía”
La mejor manera para comprar una alfombra turca sin querer hacerlo consiste en detenerse, al final de la tarde, frente al Milion (milario o mojón), un bloque de mármol al inicio de Divan Yolu que en la antigua Constantinopla marcaba el kilómetro 0 del mundo, y desde donde se medían todas las distancias del Imperio Bizantino.
En otras palabras, para comprar una alfombra en Estambul sin querer hacerlo lo mejor es ubicarse en el centro del mundo. Una vez allí, intentar, como buenos turistas, hacer una foto para la posteridad y esperar que alguien llamado Mustafá, por ejemplo, se acerque a explicar, en perfecto español, la grandeza del olvidado imperio.
Al menos así los hicimos nosotros. Y así comenzó nuestra historia con Mustafá y la compra involuntaria de un maravilloso Kilim turco, ese tejido alabado por Marco Polo en sus viajes.
Aparte de ser un escritor extremadamente perezoso, soy demasiado reflexivo para escribir in situ. Me gusta dejar que las imágenes reposen en mi mente hasta que, como en un proceso de destilación, las palabras vayan apareciendo como pequeñas gotas que caen en un tubo de ensayo. Por lo general, pasan días, semanas e inclusive meses hasta que una de esas gotas caiga, si cae, en una hoja en blanco.
Con Estambul, este proceso ha sido particularmente doloroso. Quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones parta transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esa.
Para ayudarme, o talvez esconderme, abro esa maravillosa auto-ciudad- biografía del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul: ciudad y recuerdos, y me encuentro con que el libro comienza con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”.
Sin duda alguna, la palabra “tradición” es la más degradada de este siglo. Con una velocidad de vértigo, ha ido adquiriendo una connotación tan peyorativa hasta alcanzar el estatus de “algo anclado en el pasado”, que se niega a evolucionar, a ”actualizarse” como se dice en el argot internético de hoy. Lo políticamente correcto, dicen los que tanto saben, es hablar de “herencia cultural”.
Pero lo malo de la “herencia cultural”, es que ha convertido a la tradición en una pieza de museo, en un objeto de muestra folk - clórica, que se expone como si fuera una escultura, o la figura de un mamut en el museo de historia natural.
El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-
Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.
En sus horas de mar de aire.
Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.
Hay hechos de la cotidianidad, si es que se le puede llamar así, que a veces cobran un simbolismo espantoso. Y digo espantoso por evocar por lo bajo ese escalofrío apocalíptico que a veces nos da cuando vemos que pasa lo que pasa.
Así pasa con Tom Wayne, un señor que desde hace más de 10 años tiene una pequeña librería en Kansas City llamada Prospero’s books. Durante todo este tiempo, el señor Wayne ha hecho lo que hacen todos los libreros: acumular libros en el pequeño almacén de su “próspera” libreria.
Así hasta que un día intenta abrir la puerta del almacén y se da cuenta de que apenas tiene un pequeño resquicio para poder pasar. Pues si, el indescifrable negocio de la compra-venta de libros había tocado techo. Literalmente. No cabía un libro más.
“En el fondo, mi escena primitiva es esa; que hoy ya no sé, al mirar tal o cual cuadro, o peformance o instalación, cosas así, si están bien o no, y ni siquiera tengo ganas de saberlo en verdad, entonces hallo que estoy como en suspenso, pero es un suspenso que no ofrece excitación alguna, que no es intenso; es un suspenso más bien de la neutralización y de la anulación.
Se trata entonces justamente de la desaparición de esa lógica, proporcionalmente inversa a la de la producción de cultura. He empleado para ello una expresión, más bien un juego de palabras: el grado “Xerox” de la cultura, que, por supuesto, es a la vez el grado cero del arte, el del vanishing point del arte y de la simulación absoluta.”
Regresso al “mondo gozzer” después de un receso sin motivo. Y vuelvo con las palabras de otro para recordar precisamante a ese “otro” que murió el pasado 6 de marzo: le professeur Jean Baudrillard.
"Existe seguramente una gran cantidad de razones muy diversas para esta especie de suicidio colectivo, pero no estoy seguro de que sea este el lugar para investigarlas ni de que sea yo la persona más indicada para tal empresa."