Podría recordarlo en distintos momentos de mi vida, pero al final, para mí Norman Mailer es un colchón mullido en el suelo de una habitación infestada de humedad en una noche perdida del barrio de Moratalaz.
También podría ser una sala de aprendices de Norman Mailer en Bogotá, o un Ali Bumaye en ojos de Spike Lee; pero por alguna extraña razón prefiero reconfortarme con el recuerdo amargo pero tremendamente pletórico de ese triste cuarto.
Talvez porque solemos guardar un cariño especial a todo lo que nos sirve de refugio ocasional cuando las cosas van mal. Y en aquellos días las cosas iban realmente mal.
El único día en el que mi madre se rindió (o fingió rendirse) fue cuando se convenció (o me hizo creer) que mi tozudez era definitivamente irremediable. Hacia poco había muerto mi padre y yo entraba con los dos pies a una adolescencia espantosa llena de desafíos a la autoridad materna y la incomprensión propia de una etapa en la que el mundo nos cabe en la palma de la mano, pero nosotros no nos ajustamos a ese mundo tan provincial, arcaico y, sobretodo, escaso de fondos.
Ese día, después de otra jornada de batalla campal entre los focos guerrilleros de mi adolescencia y su autoridad, mi madre dio su brazo a torcer y decidió, o fingió rendirse, que lo mejor era asignarme un “sueldo” mensual y que yo me buscara la vida. Así, superando las discusiones monetarias, mi pequeño plan adolescente-independentista-separatista se había apuntado un triunfo histórico (y a la larga pírrico).
Sin duda alguna, la palabra “tradición” es la más degradada de este siglo. Con una velocidad de vértigo, ha ido adquiriendo una connotación tan peyorativa hasta alcanzar el estatus de “algo anclado en el pasado”, que se niega a evolucionar, a ”actualizarse” como se dice en el argot internético de hoy. Lo políticamente correcto, dicen los que tanto saben, es hablar de “herencia cultural”.
Pero lo malo de la “herencia cultural”, es que ha convertido a la tradición en una pieza de museo, en un objeto de muestra folk - clórica, que se expone como si fuera una escultura, o la figura de un mamut en el museo de historia natural.
“En el fondo, mi escena primitiva es esa; que hoy ya no sé, al mirar tal o cual cuadro, o peformance o instalación, cosas así, si están bien o no, y ni siquiera tengo ganas de saberlo en verdad, entonces hallo que estoy como en suspenso, pero es un suspenso que no ofrece excitación alguna, que no es intenso; es un suspenso más bien de la neutralización y de la anulación.
Se trata entonces justamente de la desaparición de esa lógica, proporcionalmente inversa a la de la producción de cultura. He empleado para ello una expresión, más bien un juego de palabras: el grado “Xerox” de la cultura, que, por supuesto, es a la vez el grado cero del arte, el del vanishing point del arte y de la simulación absoluta.”
Regresso al “mondo gozzer” después de un receso sin motivo. Y vuelvo con las palabras de otro para recordar precisamante a ese “otro” que murió el pasado 6 de marzo: le professeur Jean Baudrillard.
Una de las cosas que recuerdo de mi padre, era su orgullo recio por haberse deslomado durante muchos años para tener la vida que tenía, y que no cambiaba por nada. Sin embargo, cada vez que llegaba el carnaval y aparecía Sargentelli en la televisión, mi viejo me miraba con esa complicidad de padre y soltaba un “mira que podría haber sido como él…“. Y no creo que lo hacía por mortificarse ni mucho menos, es que en esa época (y digo “esa época” porque ahora seria políticamente incorrecto decirlo) todos los hombres deseábamos ser como Sargentelli cuando llegaba el caranaval.
Porque Sargentelli fue un verdadero mito. El único que pudo graduarse como “mulatólogo” y ser, por ende, el mayor experto en mulatas de samba de todo Brasil. Hecho que equivale a ser el más entendido del tema en todo el mundo.
No sé de muchos escritores que tengan un dia propio. Ni siquiera una estrella en el prostituido paseo de la fama. O un Oscar; o un Emmy. Pues el señor Sydney Sheldon tenía las cuatro cosas, además del título de ser uno de los autores con más bestsellers en su carrera. Y a pesar de todo esto, siempre fue el típico autor que a mucha gente le daba un poco de vergüenza admitir que leía. Quizás porque en el fondo, muchos lo señalaban como literatura de misterio fácil. Libros de aeropuerto o de sala de espera del dentista.
De padre judío alemán y madre rusa, Sheldon empezó en Hollywood, en esos años grises de entre guerras, trabajando como guionista de películas de serie B. Luego, piloto en la II guerra mundial, y luego escribir y escribir.
La pregunta hace pensar. Porque el tipo acaba de morir y son pocas las lágrimas que se han visto correr. Bueno, quizás porque Turkmenbashi no sea un nombre fácil de reconocer; llamémosle por su nombre de pila: Saparmurat Niyazov. ¿Tampoco? Entonces pogámoslo de un forma más escueta: el “presidente” de Turkmenistán ha muerto. Visto así la cosa no tiene mayor interés, especialmente porque para muchos Turkmenistán es una palabra que nos retumba en algún lugar de nuestra mapa imaginario de la complicada geografia mundial post-URSS. Para ponernos en antecedentes: Niyazov, presidente-dictador de Turkmenistán, murió a los 66 años tras 20 años en el poder, en los que desarrolló un culto a su personalidad y se hacía llamar Turkmenbashi: el padre de todos los turcomanos. Read the rest of this entry »
"Existe seguramente una gran cantidad de razones muy diversas para esta especie de suicidio colectivo, pero no estoy seguro de que sea este el lugar para investigarlas ni de que sea yo la persona más indicada para tal empresa."