Jueves, 23 Agosto, 2007

1. “Para garantizar una buena compra, es preciso dedicar algún tiempo a visitar varias tiendas y comparar precios y calidades”.
Manual del comprador de alfombras
Lonely Planet
“Estambul y lo mejor de Turquía”
La mejor manera para comprar una alfombra turca sin querer hacerlo consiste en detenerse, al final de la tarde, frente al Milion (milario o mojón), un bloque de mármol al inicio de Divan Yolu que en la antigua Constantinopla marcaba el kilómetro 0 del mundo, y desde donde se medían todas las distancias del Imperio Bizantino.
En otras palabras, para comprar una alfombra en Estambul sin querer hacerlo lo mejor es ubicarse en el centro del mundo. Una vez allí, intentar, como buenos turistas, hacer una foto para la posteridad y esperar que alguien llamado Mustafá, por ejemplo, se acerque a explicar, en perfecto español, la grandeza del olvidado imperio.
Al menos así los hicimos nosotros. Y así comenzó nuestra historia con Mustafá y la compra involuntaria de un maravilloso Kilim turco, ese tejido alabado por Marco Polo en sus viajes.
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Miércoles, 18 Julio, 2007
Aparte de ser un escritor extremadamente perezoso, soy demasiado reflexivo para escribir in situ. Me gusta dejar que las imágenes reposen en mi mente hasta que, como en un proceso de destilación, las palabras vayan apareciendo como pequeñas gotas que caen en un tubo de ensayo. Por lo general, pasan días, semanas e inclusive meses hasta que una de esas gotas caiga, si cae, en una hoja en blanco.
Con Estambul, este proceso ha sido particularmente doloroso. Quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones parta transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esa.
Para ayudarme, o talvez esconderme, abro esa maravillosa auto-ciudad- biografía del escritor turco Orhan Pamuk, Estambul: ciudad y recuerdos, y me encuentro con que el libro comienza con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”.
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Lunes, 4 Junio, 2007
Desde el Clochard no se ve el mar. Aún no.
El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-
Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.
En sus horas de mar de aire.
Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.
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