Desde el Clochard no se ve el mar. Aún no.
El velero está encallado en la montaña, a la espera de ser velero, sostenido por vigas de acero que fingen que el mar es el aire. Y la verde montaña un vasto océano por descubrir, surcado por cultivos de tomates, habicuhelas y maiz-
Al Clochard le falta el mástil, que aún reposa en el fondo del lecho terrenal junto a un improbable raíl de un más que improbable tren, pero no pierde su dignidad de barco en construcción, con una quilla recién pulida tan mansa como los perros que rodean al capitán en sus horas de tierra firme.
En sus horas de mar de aire.
Cuando se sienta en la cubierta del Clochard para acariciar con sus manos ásperas y castigadas por el salitre ese cuerpo desnudo que flota en el aire.
Lo difícil de hablar de un señor como Umberto Eco, es hacerlo sin parecer esnob. O al menos, pretencioso y pseudointelectual. Y créanme, no es tarea fácil. Así que digamos que hablamos de un tal señor Eco, tan simpático él, que conocimos alguna vez y que precisamente alguien-en este caso yo- nos recuerda de 