Podría recordarlo en distintos momentos de mi vida, pero al final, para mí Norman Mailer es un colchón mullido en el suelo de una habitación infestada de humedad en una noche perdida del barrio de Moratalaz.
También podría ser una sala de aprendices de Norman Mailer en Bogotá, o un Ali Bumaye en ojos de Spike Lee; pero por alguna extraña razón prefiero reconfortarme con el recuerdo amargo pero tremendamente pletórico de ese triste cuarto.
Talvez porque solemos guardar un cariño especial a todo lo que nos sirve de refugio ocasional cuando las cosas van mal. Y en aquellos días las cosas iban realmente mal.
